
Después de algunos arañasos en la cara y de unas fuertes patadas en el estomago, Brígida alcanzó la mano de su hermana Natasha.
-No te duermas por favor- le dijo en tono casi suplicante y la llevó consigo casi a rastras hacia el final del corredor donde hubo de lidiar con la agripada cerradura de la gruesa puerta que la conduciría hacia el exterior, hasta el mullido y abandonado jardín de aquella vieja casona. Lo intentó con ambas manos. Natasha se retiró hacia un rincón de pie con los ojos idos se dejó vencer por el sueño y se quedó allí tal cual soltando su cabeza lacia hacia adelante.
El hombre llegó pronto. Antes de que Brígida lograra su objetivo la asió con fuerza de la cabellera y la arrastro boca arriba por el piso de vuelta hacia la cocina. Esta vez no lograba defenderse, solo gritaba dando patadas y aleteos en el aire. Kony, la muchacha de diez años soltaba sus últimas gotas de sangre desde el cuello hacia el balde que se encontraba justo bajo la mesa. Estaba desnuda, de lado sobre la helada superficie de acero inoxidable. Su rostro inmóvil parecía buscar en su todo, una explicación lógica para su abrupta y cruel suerte.